viernes , febrero 23 2024

LA TORMENTA APOCALÍPTICA (CUENTO)

De pronto un aguacero bíblico los aparto del resto del mundo. Era una tormenta apocalíptica que convirtió en una tragedia a la ciudad. Los reflejos de los relámpagos penetraban por las múltiples rendijas de los ventanales de las casas. Los habitantes del pueblo de Guanare huyeron alarmados por las crecidas de las quebradas: Medero, La Chigüira, Las Flores, La Enriquera, El Pionío, Las Piedras y Las Marías. Fue increíble, las aguas colapsaron casas, calles y avenidas. Poco a poco las fuerzas de las aguas ocasionaron derrumbes y el desborde de las principales quebradas ocasionó pérdidas materiales y humanas. Un rayo impactó sobre la comandancia de la policía destruyendo la edificación e hiriendo a muchos agentes. El torrente formado al romperse  la represa La Coromoto destruyó el cementerio viejo, ataúdes y esqueletos flotan por las calles de Guanare. El lodo cerró el paso hacia Acarigua, lo mismo hacia Barinas, imposibilitando a las unidades de socorro entrar por vías alternas. La población huyó despavorida a pie transportando lo que pudieron cargar en el apuro. Al llegar a la parte alta de la urbanización san Francisco, la caravana se refugió en la Iglesia y otros sitios donde pudieron acampar. A la distancia, se veían los techos de la Catedral, que se hundió en la inundación. Sin embargo, aun cuando ya no podrían verla escucharon las campanas del templo cuando el rio las agita en el fondo. El pueblo entero estaba ahí, con lo que habían podido llevar, aglomerado forzosamente guarecido tal como lo presagiara un día de disgusto el obispo al anunciar que se avecinaba un desastre de bíblica magnitud. Familias íntegras formaban pequeños campamentos, ocupando los espacios libres, según la importancia que cada cual se atribuía, conservando incólumes sus viejas rivalidades y desprecios, confrontando así situaciones embarazosas, cuando por motivos apremiantes habían de dirigirse la palabra aquellos que durante años se negaron el saludo. La tragedia del diluvio invadió las casas por igual; a pobres, ricos, y el mismo instinto de conservación los reunió sin reconciliarlos. Ahora la desgracia los había obligado a albergarlos como en una causa común amigos o enemigos. Ante los ojos de los sobrevivientes se extendía una ciudad extraña y sumergida donde flotaban toda clases de animales muertos, de la cual emergía una bandada de ranas de múltiples matices, que se movían saltando como fantasmas pequeños, como una nube ocultando por momentos la ciudad de la vista. De pronto el croar de las ranas interrumpió a aquellos que necesitaban llenar un vacío con ruidos durante la noche. Pero una noche callaron su canto, y permanecieron silenciosas, y así la noche siguiente. Todos dijeron que no habían podido dormir; porque se sentían seguros durmiendo con el canto de las ranas en sus oídos. Lo sucedido le hizo reflexionar sobre el pasado de la ciudad y vieron desesperados desde la cumbre del monte, lo que nunca se atrevieran a ver que las Iglesias construidas por la fe, hoy eran destruidas por la duda; que las instituciones de enseñanza iluminadas por la inteligencia, hoy estaban oscurecidas por la ignorancia; vieron a una ciudad llena de creencias y vacía de religión; vieron a una ciudad que despreciaba las pasiones cuando duerme, pero al despertar se sometía a ellas. Se dieron cuenta que la energía de los pueblos necesita ser renovada. Las ideas nuevas necesitan espacios. El cuerpo y el alma necesitan nuevos desafíos y todos los sueños tendrán oportunidad de manifestarse. Se dieron cuenta que para tener fé en su propio camino no necesitan probar que el camino del otro esta equivocado. Ante esta reflexión provocada por estos acontecimientos aquella noche la luna sonrió reclamando nuevamente el ritmo del canto de las ranas.

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